Navidades en Occitania. Parte 2. Lagrasse y Carcassonne, villas medievales de Occitania.

30 DE DICIEMBRE DE 2018. LE BARCARÈS (PYRÉNÉES ORIENTALES-OCCITANIE) – LAGRASSE (AUDE-OCCITANIE).

La noche en el área de autocaravanas de Le Barcarès fue ventosa, muy ventosa. Tanto que, en más de una ocasión, el movimiento del propio vehículo como consecuencia de las ráfagas de viento nos sobresaltó.

Al despertarnos pudimos comprobar que, al igual que en la jornada anterior, el día era azul y el viento había calmado del todo. La temperatura también se mantenía agradable a pesar de estar a finales de diciembre.

Desayunamos con tranquilidad y sobre las diez de la mañana abandonamos el área de autocaravanas en dirección a Lagrasse.

Lagrasse es un pequeño municipio de aspecto medieval situado en el departamento de Aude (Occitania), en pleno macizo de Les Corbières y atravesado por el río Orbieu. Destaca por su conjunto histórico medieval con su puente viejo y especialmente por la Abadia de Sainte-Marie Lagrasse, una joya arquitectónica del siglo VII.

Como no había ninguna prisa optamos por evitar las autopistas y disfrutar de las carreteras secundarias. Tomamos la N627, una bonita carretera que transita entre el mar Mediterráneo y la laguna de Salses para continuar por la sinuosa D6009 hasta nuestro destino.

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Contraste del agua de la laguna de Salses con el Canigó nevado al fondo.

Al llegar a Lagrasse estacionamos en el parquing de la Route de Ribaute, junto al campo de futbol municipal. Aprovechamos la parada para preparar la comida y recargar pilas antes de empezar la visita a Lagrasse.

Ya con las energías repuestas nos pusimos en marcha dispuestos a pasear por esta población de origen medieval. Cruzamos la carretera que atraviesa el municipio y nos sumergimos en sus estrechas calles a través de la Rue du Consulat. Lagrasse es de esas típicas poblaciones francesas de origen medieval con un entramado urbano bastante laberíntico. Sus centenarias construcciones de piedra trasladan al visitante a épocas pretéritas. Deambulamos sin un rumbo fijo simplemente disfrutando del lugar. Cada esquina, cada calle, era una sorpresa: iglesias, murallas, tiendas antiguas… De repente nos encontramos de frente con la Église Saint-Michel de Lagrasse, una construcción religiosa levantada el siglo XIV y catalogada como monumento histórico de Francia desde 1925.

Llegamos a la Rue des Deux Ponts, una bonita calle que transita paralela al río Orbieu. Allí se encuentran los resto de la antigua muralla que defendía la ciudad de los ataques enemigos y las mortales epidemias. Justo en aquel punto se encuentra la que era la entrada principal a la villa medieval, la Porta de l’Aiga.

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Los restos de la antigua muralla que daban acceso a la Cité junto a la entrada principal, la Porta de l’Aiga.
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La Porte de l’Aiga era la entrada principal a la ciudad.

Salimos de la antigua cité por el pórtico. Desde allí ya podíamos divisar la torre de la inconfundible Abbaye Sainte-Marie de Lagrasse o Sainte-Marie-d’Orbieu como también se la conoce. Cruzamos el puente que permite superar el río y llegamos a sus pies.

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La Abbaye Sainte-Marie de Lagrasse o Sainte-Marie-d’Orbieu.

Se trata de una antigua abadía benedictina fundada en el siglo VII por el Abad de Narbona aunque una leyenda tradicional de la zona atribuye su origen al mismísimo Carlomagno. Lamentablemente no pudimos visitarla ya que estaba cerrada por reformas. No nos quedó otra opción que volver sobre nuestros pasos. Al cruzar de nuevo el puente pudimos disfrutar de una nueva perspectiva de la muralla, en esta ocasión desde la otra orilla del río.

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La antigua muralla desde la otra orilla del río Orbieu.

Los restos de una antigua torre nos llamaron la atención. Nos acercamos a ella para tomarle unas fotografías. La tarde iba avanzando mientras seguíamos paseado por aquellas calles medievales.

Fuimos volviendo hacia el estacionamiento de las afueras donde habíamos dejado unas horas antes nuestra Snaky. Nos pusimos en marcha hacia nuestro nuevo destino, un clásico de la zona, Carcassonne.

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La revirada carretera D3 nos conduciría hasta Carcassonne.

Llegamos a nuestro destino sobre media tarde. No teníamos muy claro donde pernoctar así que consultamos la App Park4night. Rápidamente nos localizó un área de autocaravanas en Carcassonne. Sin darle muchas más vueltas, nos dirigimos directamente allí.

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Instalados en el área de autocaravanas de Carcassonne.

Aunque la ubicación era ideal por la proximidad a la Cité no era un área barata, unos 15 euros aproximadamente. Tampoco nos acabó de convencer a nivel de equipamientos ya que no disponía de algo tan básico como conexión eléctrica. No obstante, nos pareció una buena opción por seguridad y nos quedamos definitivamente con la intención de pasar la noche allí.

Aún era pronto. Ya conocíamos la Cité de Carcassonne de otro viaje anterior pero no la habíamos visitado de noche. Pensamos que sería una buena opción pasear por aquella preciosa fortaleza entre las luces navideñas. Con esa intención tomamos el camino peatonal que lleva directamente a la muralla. Caminamos unos quince minutos por un agradable camino de tierra que discurre paralelo a una de las rieras que se nutre del río Aude. Fue un paseo entretenido que, a pesar del frío que hacía, no se hizo pesado en absoluto. Finalmente llegamos a la Cité.

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La oscuridad y la niebla le daba a la Cité un aspecto tenebroso.

Después de subir por las escaleres que ascienden a la Cité paseamos por el interior del recinto amurallado. Nuestra decepción fue mayúscula. No había ni rastro de ningún tipo de ambientación navideña. Esperábamos haber encontrado sus empedradas calles iluminadas con motivos de Navidad pero no había absolutamente nada. De he hecho el aspecto nocturno de la Cité era bastante apagado e incluso con algún que otro toque tétrico. Hacía mucho frío y apenas había gente. La mayoría de los comercios estaban cerrados ¡Que contraste con la anterior vez que estuvimos allí! – pensamos. Entramos en uno de los pocos locales de restauración que estaba abierto al público y disfrutamos de unas fantásticas crêpes de chocolante caliente que nos ayudaron a entrar en calor un poco.

Con la ingesta de tal cantidad de azúcar y calorías en forma de dulce tortilla nos animamos a seguir paseando un rato más por la Cité. Tomamos alguna que otra foto y optamos por ir volviendo poco a poco al área donde habíamos dejado nuestra Snaky.

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La fría tarde iba cayendo poco a poco sobre las torres de la Cité de Carcassonne.
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Las cristaleras eran el único toque de color en una Cité gris.
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Espectacular la vista exterior de la Cité entre la niebla. Parecía un castillo de cuento.

El camino de vuelta hacia el área fue igual de agradable que a la ida a pesar de la poca iluminación que había. Llegamos con bastante frío en el cuerpo a nuestra autocaravana. Afortunadamente habíamos dejado la calefacción en marcha. Preparamos la cena y poco después ya estábamos descansando.

En mitad de la noche, como no puede ser de otra forma según la Ley de Murphy, se agotó la bombona de propano. No hubo más remedio que salir al exterior a hacer el cambio.

¡Había sido un día de villas medievales!

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Resumen de la jornada Le Barcarès-Lagrasse-Carcassonne.
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Navidades en Occitania. Parte I. Le Barcarès, le Village de Noël.

29 DE DICIEMBRE DE 2018 A 3 DE ENERO DE 2019. BAIX LLOBREGAT-LE BARCARÈS-LAGRASSE-CARCASSONE-CASTELNAUDARY-MIREPOIX-ANDORRA-BAIX LLOBREGAT.

Los meses desde la adquisición de nuestra Snaky iban pasando y ya teníamos a las puertas las fiestas de Navidad, lo que traducido, significaba días de fiesta para hacer una nueva escapada.

Buscábamos sumergirnos totalmente en el ambiente y en el espíritu navideño. Por ese motivo, en un principio, nuestro objetivo era ir a la zona de la Alsacia francesa donde los mercados de Navidad son realmente espectaculares. Habíamos visto fotografías de ciudades como Colmar, Estrasburgo, Keysersberg o Mulhouse que eran dignas de ilustrar cualquier cuento de los hermanos Grimm. Lamentablemente ese proyecto quedó descartado. La época de los mercados de Alsacia suele empezar a finales de noviembre y acaba justo para Navidad y a nosotros nos era imposible marchar en esas fechas.

Por ese motivo buscamos una alternativa que nos encajara en nuestra disponibilidad. Investigando en internet descubrimos lo que nos pareció una buena opción, Le Barcarès. Se trata de una pequeña población costera del Languedoc-Rousillon (Occitania) que en Navidad presume de Le Village de Noël, una gran ciudad dedicada a la Navidad que se instala en el mismo pie de la playa. Lo mejor era que el Village se mantiene montado hasta la primera semana de enero, cosa extraña ya que en francia no se celebra el día de Reyes como aquí.

Aunque no dejaba de ser un mero sucedáneo de lo que buscábamos en un principio, nos pareció una buena alternativa al no ser posible el viaje a Alsacia. Con ese nuevo objetivo diseñamos una ruta que combinaba los mercados de Navidad con los castillos cátaros.

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29 DE DICIEMBRE DE 2018. BAIX LLOBREGAT – LE BARCARÈS (PYRÉNÉES ORIENTALES-OCCITANIE).

Sobre las nueve de la mañana, sin ninguna prisa, nos poníamos en marcha con destino a Le Barcarès. En poco más de dos horas y media recorrimos el par de centenares de kilómetros que nos separaba de la población francesa.

Nos dirigimos directamente al área de autocaravanas de Le Barcarès. Pagamos en la barrera automática los 12,80 euros de la tarifa que incluye todos los servicios y nos instalamos. El lugar es agradable ya que tiene vistas al puerto deportivo de la ciudad. Aprovechamos para preparar la comida mientras nuestra hija jugaba un rato por el lugar.

Le Barcarès es una pequeña población costera sin mucho que ofrecer a parte de su bonita playa. Se encuentra en una pequeña porción de tierra entre el mar Mediterráneo y la Laguna de Salses. A pesar de que en el siglo XIV los templarios ya habitaban la zona no quedan vestigios visibles de su paso. Por ese motivo, después de comer, decidimos ir directamente a visitar Le Village de Noël.

Abandonamos a pie el área camping-car y fuimos en busca de la parada del bus que se encontraba muy cerca, en la misma Avenue Annibal. Nos habían comentado que había unos tres kilómetros hasta la ciudad de Navidad. Estuvimos esperando más de veinte minutos la llegada del autobús. Finalmente, un poco aburridos, decidimos ir tirando a pie en lugar de esperar ¡Ya lo cogeremos más adelante! – pensamos. Andando, andando, nos plantamos en la entrada de Le Village de Noël ¡Ya había cola! Pagamos los simbólicos 2 euros por persona y accedimos al recinto.

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Pagamos la entrada simbólica y accedimos a Le Village de Noël.

La verdad es que la luz del día -eran apenas las tres de la tarde- y el cielo azul no ayudaban demasiado a crear ese ambiente navideño que buscábamos.

Toda la ambientación estaba creada para simular un espacio navideño que en absoluto se correspondía con el entorno costero donde nos encontrábamos. Todo era demasiado artificial y demasiado forzado. A los adultos nos decepcionó un poco pero a Ivet parecía gustarle. Especialmente una zona con animales vivos y otra con personajes de Disney.

Un poco más adelante había una zona de atracciones coronada por una enorme noria de varias decenas de metros de altitud. Como no podía ser de otra manera nos subimos a alguna de ellas. La noria la dejamos para más tarde – le prometí a Ivet.

La tarde iba avanzando y la posición del sol era cada vez más baja. Esa sensación de temperatura agradable que habíamos difrutado hasta el momento empezó a desaparecer.

Mientras caminábamos algo nos llamó la atención ¿un barco? Era el Lydia. Se trata de un barco de 91 metros de eslora por 13 metros de manga que se encuentra varado en la arena de la playa.

Fue construido en 1931 en un astillero danés por encargo de la compañía australiana Adelaide Steamship Co. Ltd. para operar en los mares del sur de ese continente. Bajo pabellón australiano y con nombre original de Moonta fue como un “love boat” donde las parejas recién casadas celebraban su viaje de novios. En 1955 fue comprado por un armador griego que lo rebautizó con su actual nombre, Lydia. Hasta 1966 navegó por el Mediterráneo con bandera griega hasta que en ese año fue definitivamente desarmado. La empresa responsable de la urbanización de la zona de Le Barcarès vio en aquella “chatarra” una oportunidad. Lo compraron y lo instalaron en la playa como símbolo del desarrollo de la zona. Sirvió de centro lujoso de ocio con casino, restaurante, discoteca, hotel… Durante la década de los setenta fue frecuentado por las celebridades del momento e incluso apareció en alguna película. Después de ciertos problemas con su gestión financiera y administrativa entró en decadencia hasta que en el año 2014 el Ayuntamiento lideró su recuperación para la municipalidad como centro de exposiciones.

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El Lydia, varado en la arena, impone su protagonismo en toda la playa.

Inmediatamente subimos a bordo. Estaba perfectamente adornado para la ocasión. Nos llamó la atención la cantidad de figuras de animales a tamaño real que había en su interior ¡Claro, es un Arca de Noé! – entendimos finalmente. Si por fuera el Lydia era espectacular por dentro no era diferente.

Despúes de pasear un buen rato por el interior y las cubiertas del Lydia entramos en la zona del Polo Norte. Cada vez era más oscuro y la temperatura más baja. Empezó a girarse un viento cada vez más molesto. Decidimos acercarnos a uno de los establecimientos del Village y tomarnos un vino caliente mientras disfrutábamos de las vistas de todo el lugar. Especialmente de aquel enorme barco que reposaba entre abetos navideños.

Conforme oscurecía la tarde, el Village de Noël ganaba atractivo. Todas aquellas minúsculas luces sí que conseguían transmitir totalmente el ambiente navideño. Nuestra percepción del lugar cambió. Así como al principio nos había decepcionado bastante ahora, con la iluminación y bajo la oscura tarde, nuestra impresión sobre el lugar era muy diferente.

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El Lydia con su iluminación navideña.
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Bonitos espectáculos durante toda la visita al Village de Noël.

A pesar de que el viento era intenso Ivet, nuestra hija, insistía en subir a la noria. No me quedó otra que ceder ya que le había prometido que subiríamos más tarde. Realmente valió la pena. Las vistas desde la altura de la rueda eran espectaculares a pesar del balanceo de la cesta provocado por el intenso viento.

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Las vistas del Village desde la cesta de la noria eran espectaculares.
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¡Vaya viento que hacía allí arriba! ¡Y como se balanceaba la cesta!

Casi sin darnos cuenta llevábamos allí más de cinco horas deambulando por aquella atípica ciudad de Papa Noel instalada a pie de playa. Nos fuimos dirigiendo hacia la salida.

Nos sorprendió observar la gran cola que había para acceder al recinto aún a esas horas. Esta vez, para la vuelta al área de autocaravanas, sí que optamos por esperar el paso del autobús en la parada. El problema nos surgió cuando nos pasamos de largo la parada donde debíamos bajarnos y nos tocó andar un rato en sentido contrario.

Ya en nuestra Snaky y con la calefacción puesta cenamos con tranquilidad. Durante la noche el viento azotó con fuerza las autocaravanas que estábamos en el área.

¡No había sido ni mucho menos una escapada por los mercados navideños de Alsacia pero había servido para matar el gusanillo!

Le Barcarès
Resumen de la jornada. Baix Llobregat – Le Barcarès.

 

Escapada por la Garrotxa. Tierra de volcanes. Parte II.

30 DE NOVIEMBRE, 1 y 2 DE DICIEMBRE DE 2018. BAIX LLOBREGAT-BESALÚ-. CASTELLFOLLIT DE LA ROCA-SANT JOAN LES FONTS-LA FAGEDA DE’N JORDÀ-SANTA PAU-BAIX LLOBREGAT.

DÍA 3. 2 de diciembre de 2018. LA FAGEDA D’EN JORDÀ – SANTA PAU – BAIX LLOBREGAT. En pocos lugares se puede descansar tan bien como lo hicimos en el estacionamiento de la Fageda. En medio de la naturaleza, en total silencio y rodeados de la más absoluta oscuridad. InkedDSC_0211_LI 25Desayunamos con contundencia. Teníamos pensado hacer una larga ruta a pie por el interior de la Fageda d’en Jordà. La idea era disfrutar tanto del propio paisaje del hayedo como de los volcanes que se encuentran en su interior. Preparamos nuestras mochilas con agua y algo de comida para afrontar el largo recorrido que teníamos por delante. Bajamos de nuestra Snaky y nos dirigimos al inicio del recorrido. Apenas nos habíamos separado un centenar de metros de la autocaravana cuando se nos acercó un joven que llevaba un peto. Nos informó muy amablemente que aquel estacionamiento era de pago durante el día. La tarifa era mucho más que asequible, cuatro euros por toda la jornada. Los pagamos gustosamente y nos dispusimos a iniciar la ruta.

Atravesamos todo el parking que ya empezaba a estar repleto de coches. Superamos la oficina de turismo que hay en el mismo recinto y nos dirigimos al pequeño túnel que pasa por debajo de la carretera y que permite cruzar ésta sin peligro. Justo ahí, en ese punto, empieza el recorrido por la Fageda d’en Jordà.

Habíamos leído que la mejor época para hacer senderismo por este impresionante bosque de hayas ubicado en una antigua colada de lava procedente del volcán Croscat era en otoño. Desconocemos qué aspecto debe de tener en las otras estaciones del año pero pudimos confirmar que en otoño es un lugar realmente precioso. Los olores, los colores, las texturas, las tonalidades tostadas… todo el conjunto era impresionante.

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La Fageda d’en Jordà es preciosa en otoño.

Poco a poco íbamos cubriendo el recorrido. Metro a metro avanzábamos en aquel mar de hojas secas que crujían bajo nuestros pies. De vez en cuando, sin llegar a distinguir concretamente de qué se trataba, escuchábamos como alguna pequeña criatura se movía bajo ellas. Paulatinamente, tanto el paisaje como la orografía, empezó a cambiar. El blando tapiz de hojas se convirtió en un sendero de dura piedra. El verde de los árboles sustituyó el gris de las peladas hayas. El cómodo camino plano empezó a ganar pendiente. Después de un par de horas de caminata siguiendo las indicaciones llegamos al cénit de la ruta: el volcán de Santa Margarida. Se trata de un extinto volcán a 682 metros de altitud. Su cráter tiene 2000 metros de diámetro y en su interior se encuentra una antigua ermita románica.

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La cazadora de fotos, cazada.
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La ermita románica se encuentra en el mismo cráter del volcán.
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Vista aérea del Volcà de Santa Margarida con la ermita en el cráter (foto: wikipedia)

Decidimos descansar un rato en aquel peculiar lugar ¿Hay hambre? – pregunté. Ante la respuesta afirmativa nos sentamos sobre aquella oscura tierra de origen volcánico y abrimos las mochilas ¡No todos los días tiene uno la oportunidad de desayunar en el cono de un volcán!

Con las fuerzas repuestas nos pusimos en marcha de nuevo. En esta ocasión en busca del Croscat, el volcán más joven de la zona -su última erupción fue hace aproximadamente 11.500 años-. La colada de lava que originó una de sus erupciones dio lugar a la Fageda d’en Jordà. Su forma de herradura le otorga una forma bien peculiar. Caminamos de nuevo sobre un manto de hojas, en esta ocasión en terreno descendiente.

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El espeso y crujiente manto de hojas secas reapareció de nuevo bajo nuestros pies.

Después de un buen paseo llegamos al Croscat. Allí estábamos ante él. La sensación era agridulce y contradictoria. Por un lado nos agradó enormemente poder ver con nuestros propios ojos las diversas capas de materiales volcánicos que conforman el lugar. Por otro, nos decepcionó saber que aquello era posible como consecuencia de una extracción de materiales que durante decenas de años se hizo sin ningún control. Afortunadamente, las movilizaciones populares tuvieron su efecto y aquel expolio del medio y de los recursos naturales consiguió ser detenido. El mal ya estaba hecho. No obstante, las autoridades supieron sacar provecho de esa circunstancia ya que el corte producido por las extracciones incontroladas permiten ver con detalle los sedimentos y materiales que conforman el volcán. Ahora es un lugar turístico y a la vez de gran interés para los amantes de la geología.

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El corte del Croscat deja al desnudo las entrañas del volcán.
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El paisaje en el Croscat es prácticamente lunar.

Aquellas combinaciones de colores negros, marrones y anaranjados nos dejaron muy impresionados por su belleza. No obstante, ya estábamos cansados, muy cansados. Teníamos ganas de completar el recorrido circular que habíamos iniciado horas antes y llegar a nuestra Snaky.

Después de casi cuatro horas de caminata y algo más de catorce kilómetros de recorrido nos plantamos en el punto de partida. Solo teníamos ganas de descansar las piernas y comer alguna cosa. Eso fue lo que hicimos.

Al acabar de comer casi nos quedamos dormidos. El cansancio de la caminata nos estaba pasando una gran factura. Para evitar “apalancarnos” del todo decidimos ponernos en marcha ¿A dónde vamos? – nos preguntamos. Consultamos internet y descubrimos que cerca había un pueblo del que todo mundo hablaba muy bien, Santa Pau. ¿Nos acercamos? Está aquí al lado – propuse. En pocos minutos ya estábamos estacionados en área de autocaravanas de Santa Pau. Aunque no dispone de servicios de vaciado es ideal para visitar la población y para pernoctar alguna noche. Es gratuita y la oficina de turismo se encuentra justo al lado.

Cruzamos la carretera y nos dirigimos hacia las calles que conducen al centro histórico del municipio. Santa Pau es de esas pequeñas poblaciones con pasado medieval que enamoran con solo pasear por sus antiguas calles. La primera constancia escrita que se tiene del núcleo data del primer cuarto del siglo XIV. Durante los años, la ciudad fue creciendo alrededor del castillo y de su muralla. Sorprende que, a pesar de su reducida superficie, ofrece muchas cosas que ver.

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Conforme uno se acerca a Santa Pau ya deduce que se trata de un pueblo medieval.
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Estaba claro que nos encontrábamos en pleno otoño.

Conforme más nos adentrábamos en sus calles más nos gustaba la población. Accedimos a la zona histórica por el Portal de la Vila Nova, un conjunto de arcos que antaño conformaba la entrada principal a la villa y que conduce a la Plaza Mayor o Plaça Firal dels Bous, lugar donde se celebraba antiguamente el comercio con el ganado. En la misma plaza está la Parroquia de Sant Pau. Los historiadores la fechan alrededor del siglo XV. Las diversas reconstrucciones a causa de los daños sufridos por la actividad volcánica y sísmica de la zona dificultan datar su origen con concreción.

Continuamos la visita con el Castell de Santa Pau, una edificación de planta cuadrada cuya construcción se empezó en el siglo XIII. Culmina el castillo la Torre de l’homenatge.

Paseando por aquellas calles empedradas no pasaba el tiempo. A pesar de estar a principios de diciembre la temperatura era agradable, no hacía mucho frío. Llegamos al Portal de la Vila Vella y a la Plaça de la Vila Vella.

Mientras paseábamos algo con aspecto metálico adosado a la pared de una casa nos llamó la atención ¡Eran unas manos de bronce! ¿Qué hacen esas manos ahí? – nos preguntamos. No le dimos mucha más importancia hasta que descubrimos en una calle cercana otra figura de bronce, en esta ocasión representaba un niño a tamaño real. Nos documentamos mediante internet y descubrimos que en las calles de Santa Pau hay diversas figuras de bronce. Se trata de la Ruta dels Joves Artistes, una iniciativa que surgió el año 1992 cuando se organizó una quedada de jóvenes artistas catalanes e italianos. El legado que dejaron en el paisaje urbano de la población en ese momento está ahora al alcance de todos los ciudadanos de Santa Pau y de los visitantes que allí llegan. Resultó divertido ir localizándolas todas una a una.

Se hacía tarde y la excursión de la mañana por los volcanes nos estaba pasando factura. Fuimos volviendo a nuestra Snaky para ponernos en marcha de vuelta a casa.

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El fin de semana llegaba a su fin y la escapada por la Garrotxa también.

¡Tan solo había sido un fin de semana pero la Garrotxa había dado mucho de sí!

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Resumen de la escapada por la Garrotxa.

 

Escapada por la Garrotxa. Tierra de volcanes. Parte I.

30 DE NOVIEMBRE, 1 y 2 DE DICIEMBRE DE 2018. BAIX LLOBREGAT-BESALÚ-. CASTELLFOLLIT DE LA ROCA-SANT JOAN LES FONTS-LA FAGEDA DE’N JORDÀ-SANTA PAU-BAIX LLOBREGAT.

Hacía apenas tres semanas que habíamos regresado de una escapada inolvidable por la Provenza francesa. Había sido nuestro primer viaje en compañía de otra pareja, unos muy buenos amigos con los que tenemos mucho en común. Lo habíamos pasado genial y habíamos visitado lugares de gran belleza.

Debido a compromisos laborales no habíamos podido volver a salir hasta la fecha. Después de unas semanas en el “dique seco” el gusanillo de las escapadas ya empezaba a picar a la puerta. Únicamente disponíamos de un fin de semana. No es mucho -pensamos – pero siempre será mejor disfrutar de esos dos días que quedarnos en casa. Con esa idea en nuestras cabezas planteamos una pequeña escapada ¿A dónde vamos? Los días en diciembre son fríos y la luz solar no da demasiado de sí. Tampoco era plena temporada de nieve. No podíamos alejarnos demasiado así que después de barajar diversas opciones optamos por dirigirnos a la comarca de la Garrotxa. La especial belleza natural que ofrece en otoño este lugar nos convenció de inmediato.

La Garrotxa es una comarca prepirenaica situada al nor-este de Catalunya. Su parte más septentrional linda con el Vallespir francés. Destaca especialmente por sus cráteres extinguidos y su paisaje volcánico. El parque natural de la zona volcánica está considerado de los más importantes del continente. No en vano hay contabilizados hasta treinta y ocho conos no activos. Además de su interés paisajístico y de su reserva geobotánica dispone también de un importante patrimonio cultural en forma de pueblos con abundantes vestigios de la época medieval.

Con esta idea entre ceja y ceja nos pusimos en marcha, como es habitual en nuestras escapadas de fin de semana, el mismo viernes al acabar la jornada laboral.

DÍA 1. 30 de noviembre de 2018. BAIX LLOBREGAT – BESALÚ. Sobre las ocho de la tarde ya estábamos en el área de autocaravanas de Besalú. Se trata de un amplio espacio justo a la entrada de la población ubicado a escasos metros del puente medieval que da acceso al centro histórico. Aunque el lugar es compartido con el estacionamiento para coches cumple perfectamente su función. Es gratuito y dispone de servicios de vaciado y llenado de aguas. Este último funciona comprando fichas en la cercana oficina de turismo.

Nos dispusimos a preparar la cena. Puse en marcha el Truma para encender la calefacción. Unos destellos amarillos en el panel me llamaron inmediatamente la atención. ¿Cómo? ¿Error? – me pregunté sorprendido. El Truma no funcionaba y estábamos a 150 kilómetros de casa. Cogí el manual que siempre llevamos a mano. Allí lo ponía claro: error en la sonda ¿Y ahora qué? – nos preocupamos. En el exterior la temperatura no llegaba a los cinco grados. No estábamos dispuestos a pasar una noche de frío como ya habíamos experimentado en alguna otra ocasión. Cogí el móvil y con pocas esperanzas envié un whatsapp a Maribel, la responsable del lugar donde habíamos comprado nuestra AC. En pocos segundos nos respondió. Si, si, un viernes casi a las 21 horas nos respondió. En pocos minutos nos llamó Gonzalo, el que realmente sabe de estas cosas. Siguiendo sus instrucciones conseguimos conectar la sonda que se había desprendido ¡Solucionadooooo! Desde aquí queremos aprovechar estas líneas para agradecer ese trato por parte de LIBERTIUM que va mucho más allá de la simple relación profesional.

Superado el problema con la calefacción cenamos y nos fuimos a dormir. Sobre las dos y media de la madrugada el frío nos despertó. De nuevo el led amarillo del Truma parpadeaba. ¿En serio? ¡No me lo puedo creer! – exclamé. De un salto me bajé de la cama y comprobé el error. ¡Menos mal! Únicamente indicaba que la bombona de propano se había agotado. Salí a cambiarla. Los Mossos d’Esquada estaban haciendo un control en la misma entrada del área. Mira, otros que tampoco duermen esta noche – pensé.

DÍA 2. 1 de diciembre de 2018. BESALÚ – CASTELLFOLLIT DE LA ROCA –  SANT JOAN LES FONTS – FAGEDA D’EN JORDÀ. Si el descanso no hubiese sido interrumpido por la InkedDSC_0109_4_LI-2falta de calefacción al agotarse el propano de la bombona, el sueño hubiese sido del todo reparador. El área era silenciosa y muy tranquila durante la noche. La proximidad de la carretera no supuso ningún impedimento al descanso debido a su escasísimo volumen de tráfico en las horas nocturnas. Desayunamos y nos pusimos en marcha.

Dejamos nuestra Snaky en el área. Cruzamos la carretera por el paso de cebra y nos dirigimos directamente al puente medieval que da acceso a Besalú. De origen románico y catalogado como Bien de interés nacional, se tiene noticia de él desde el año 1075. Actualmente, fruto de las diversas destrucciones y reconstrucciones sufridas, presenta una apariencia diferente de la que debió ser la original. La última destrucción del puente es reciente ya que fue durante la Guerra Civil. Su estampa es la postal típica de Besalú. Destaca sobretodos sus elementos la puerta de acceso fortificada que le otorga esa estructura tan característica.

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El puente fortificado de Besalú data del siglo XI.

Atravesamos el puente y entramos en sus calles empedradas. Aunque Besalú en sí no tiene una gran extensión de territorio, ofrece variados vestigios de la época medieval para visitar.  Algunos de ellos, hacen ver que la ciudad también tuvo un pasado judío. Como muestra los Baños judíos que aun se conservan. Otras visitas obligadas son el Monasterio de Sant Pere del siglo XII, la Iglesia de Sant Vicenç del siglo X, el antiguo Hospital de Peregrinos de Sant Josep o la casa gótica de la familia Cornellà.

Paseamos durante buena parte de la mañana. Después de hacer un café en la cafetería cercana al área de autocaravanas nos pusimos en marcha para visitar la vecina población de Castellfollit de la Roca, otra de las joyas de la Garrotxa. Se trata de uno de los términos municipales más pequeños de Catalunya ya que cuenta con menos de un kilómetro cuadrado de superficie. Su peculiaridad reside en su ubicación en una zona basáltica de antigua lava volcánica erosionada por los ríos Fluvià y Toronell a más de 50 metros de altura y 217.000 años de antigüedad.

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Fuente foto: Wikipedia. Nuestra foto desde la carretera no salió bien.

En pocos minutos llegábamos a Castellfollit. Es un pueblo pequeño y había que estacionar un vehículo de 7,37 metros. Afortunadamente fue mucho más fácil de lo que pensábamos. Seguimos unas indicaciones que nos dirigieron al estacionamiento de autobuses -supusimos que era el lugar donde los autocares de turistas esperan la vuelta de los visitantes- pero no logramos localizarlo. No obstante encontramos una calle donde había espacio de sobras para estacionar. Allí dejamos nuestra Snaky.

Lo primero que llama la atención al entrar en la calle principal es el Torre del Reloj, justo delante del Ayuntamiento, dedicada a Sant Roc. Allí pueden observarse fotos antiguas del municipio. Lo dejamos a nuestra derecha para entrar en el Carrer Nou que conduce al mirador y a la Esglèsia de la Mare de Deu.

Disfrutamos desde las vistas en altura desde el mirador. Como no era tarde optamos por bajar por una calle empedrada que daba al río Toronell -el pueblo se encuentra entre dos ríos, el Toronell y el Fluvià-. De esta manera también disfrutaríamos de la perspectiva del pueblo desde la parta más baja.

La hora de comer se nos venía encima. Sin complicarnos demasiado la vida deshicimos el camino hecho. Lo cierto es que Castellfollit de la Roca tampoco da para muchas más opciones desde ese punto. De hecho, pocas calles más tiene. Llegamos a nuestra autocaravana y allí mismo, en aquel estacionamiento para autocares de excursiones, hervimos un poco de pasta.

Después del café nos pusimos en marcha de nuevo. En esta ocasión nos dirigimos a la vecina población de Sant Joan Les Fonts situada a escasos cuatro kilómetros de Castellfollit de la Roca. Estacionamos en el carrer Castanyer sin demasiado problema. Una buena ubicación teniendo en cuenta que estábamos cerca de los lugares de interés de la población.

Bajamos de nuestra Snaky y empezamos a caminar por Sant Joan Les Fonts. Realmente es una población de esas que esconde mucho más de lo que en un principio cualquier visitante que no se haya documentado pueda esperar. Lo primero que nos encontramos fue la Iglesia parroquial de Sant Joan. Su aspecto recuerda más a un castillo que a un edificio eclesiástico. No es excesivamente antiguo ya que, a pesar de su aspecto medieval, su construcción se inició a mediados del siglo XIX.

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Imponente la planta de la Iglesia Parroquial de Sant Joan Les Fonts.

Junto a él la joya de Sant Joan Les Fonts, el puente medieval. Éste si que data de la época ya que fue construido en el siglo XIII como nexo entre la ruta que unía los Pirineos con  la Costa Brava. Su aspecto oscuro es consecuencia de los materiales con los que se levantó: la piedra volcánica típica de la Garrotxa.

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Vista de conjunto del Puente Medieval con la Iglesia Parroquial de Sant Joan Les Fonts.

Continuamos caminando en busca del Monasterio Románico que se ubica en la otra punta de la población en una bonita zona ajardinada al lado del río Fluvià. Se trata de una edificación benedictina del siglo XII declarada Bien de Interés Nacional en 1982. Parte de los bloques de piedra que lo conforman provienen de épocas anteriores visigóticas.

Vista esta joya del románico fuimos volviendo por donde habíamos venido. Justo al cruzar de nuevo el puente medieval decidimos girar hacia nuestra derecha, en sentido a una zona de arboleda que parecía un parque. El lugar era precioso. Las hojas caídas de los árboles le daba un aspecto otoñal muy típico. Allí, sin saberlo, nos dimos de bruces con el Molí Fondo, una caída de agua que desde el año 1723 formaba parte de una antigua fábrica de papel.

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El río Fluvià alimenta la caída de agua del Molí Fondo.

Jugamos un buen rato en aquel bonito parque hasta que decidimos ponernos en marcha en dirección hacia la capital de la comarca de la Garrotxa, Olot.

Nuestra idea era dirigirnos directamente a la Fageda d’en Jordà, un espacio natural de enorme belleza muy recomendable para hacer rutas senderísticas por su interior. Se trata de un precioso bosque de hayas de casi 5 km2 ubicado sobre una antigua colada de lava enfriada que procedía del volcán Croscat. Habíamos oído que la época más bonita del año para adentrarse en él es en otoño.

En unos quince minutos recorrimos los escasos nueve kilómetros que nos separaban de la Fageda. El sol ya se estaba ocultando y la oscuridad no tardaría en caer. Estacionamos en el mismo aparcamiento del parque de la Fageda. A penas quedaban tres o cuatro coches que, además, parecían tener la intención de irse en breves instantes. Bajamos de nuestra Snaky y optamos por hacer un pequeño paseo por los primeros metros del camino que daba acceso al parque natural. No podíamos ni queríamos adentrarnos demasiado porque en pocos minutos la luz solar desaparecería del todo. Hacía frío. El paisaje era precioso. Caminábamos sobre un espeso manto de hojas caídas. Los tonos tostados y las hayas desnudas no dejaban duda sobre la estación del año en que nos encontrábamos.

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La Fageda d’en Jordà ofrece un bonito tono tostado en otoño.

En pocos minutos volvimos a nuestra autocaravana. El paseo había sido breve pero muy gratificante. Como entrante para lo que nos esperaba al día siguiente ya era suficiente.

El parking se había quedado totalmente vacío. Vimos otra AC estacionada en una zona lateral del parking, un espacio que parecía delimitado. Igual las autocaravanas tenemos que ponernos allí – comentamos. Decidimos cambiar de ubicación.

El día había sido intenso con la visita a los tres pueblos medievales de la zona. Mañana tocaba hacer senderismo.

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Resumen jornadas 1 y 2.

Escapada por la Provenza. Día 5. Montpellier, una ciudad para pasear.

4 DE NOVIEMBRE DE 2018 / PALAVAS LES FLOTS (HÉRAULT-OCCITANIE) – MONTPELLIER – BAIX LLOBREGAT.

Nuestra escapada con Rosa, Daniel y su familia por la Provenza estaba llegando a su final. Esa misma tarde había que devolver la autocaravana alquilada así que no podíamos aspirar a hacer grandes cosas. No obstante, aprovechando que habíamos pernoctado en el área de Palavas-les-flots, les propusimos hacer una pequeña visita a la ciudad de Montpellier.

Como ya comentamos en su momento en una entrada anterior titulada Tres días por la costa occitana, Montpellier es una ciudad muy agradable para pasear. Además, el hecho de conocer la ciudad nos era muy favorable ya que sabíamos dónde estacionar y qué visitar. Este hecho nos permitía optimizar el poco tiempo disponible de la jornada.

Después de desayunar, hacer unas cuantas fotos y de aprovechar las instalaciones de la fantástica área, nos pusimos en marcha para recorrer los escasos quince kilómetros que nos separaban de la capital del departamento del Hérault.

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El área de Palavas-les-flots tiene un entorno fantástico compartido con el puerto deportivo.
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Desde el mismo área de AC se puede gozar de las vistas de Camarga repletas de flamencos rosas, símbolo de la zona.

En media hora mal contada ya estábamos aparcados en el estacionamiento de la Rue d’Angencourt, un lugar donde suele haber espacios libres suficientemente grandes para poder dejar autocaravanas. Desde aquel punto nos pusimos en marcha a pie para dirigirnos al centro de la ciudad.

Tomamos la misma Rue d’Angencourt pero en sentido contrario al que habíamos entrado con los vehículos. Desde la Quai de Verdanson accedimos al núcleo antiguo de la ciudad. En la Rue de la Vielle Aiguillerie nos fijamos en una figura de lo que parecía un apóstol. Después supimos que se trataba del Peregrino de Saint Roch, un obrador de milagros que se forjó su propia leyenda curando enfermos afectados por la peste negra en el siglo XIV. En aquella esquina, según la placa conmemorativa, fue detenido a su vuelta a su ciudad natal. Pasamos por la Basilique Notre Dame des Tables y finalmente llegamos al Boulevard Serrail, donde se encuentra el Musée Fabre.

Desde ese punto cruzamos y accedimos a la Esplanade Charles De Gaulle, un bonito paseo ajardinado que acaba desembocando en la Place de la Comédie. Esta plaza, que es uno de los centros neurálgicos de la ciudad, recibe su nombre del antiguo teatro que existía en ese lugar y que se perdió a causa de un incendio en el año 1785.

En ella se puede admirar uno de los símbolos de la ciudad, la estatua de Las Tres Gracias.

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Las Tres Gracias, uno de los símbolos de Montpellier.

Unos metros más adelante, ya en el Boulevard Victor Hugo, se puede observar uno de los pocos restos que formaban parte de la muralla que protegía la ciudad, la Tour de Babotte.

Los niños empezaban a tener hambre. Para evitar volver a las autocaravanas optamos por buscar algún local para comer por la zona. No nos complicamos la vida. Decidimos entrar en una pizzeria del Boulevard du Jeu du Paume ¡Las pizzas siempre son una apuesta segura! – comentamos. Y no decepcionaron, todo sea dicho.

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Con las fuerzas repuestas continuamos la visita. Nos dirigimos en dirección a la Promenade du Peyrou, lugar donde se encuentra la Porte du Peyrou, un arco del triunfo que data del siglo XVII e inspirado en el arco de Saint Denis de París.

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Porte du Peyrou, inspirada en el Arc Saint Denis de París.

El monumento da acceso a los jardines de la Promenade du Peyrou. El parque en conjunto es un lugar muy agradable para pasar un rato andando por él. El hecho de estar situado cerca del campus universitario lo convierte en un espacio concurrido por jóvenes y muy animado a pesar de estar en pleno mes de noviembre.

Al final del parque se encuentra el Château d’Eau, el cual da acceso a unas vistas privilegiadas del Aqueduc Saint-Clément. Además, al tratarse del punto más alto de la ciudad, se puede disfrutar de una buena panorámica en conjunto de la villa.

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El Château de l’eau en La Promenade du Peuyrou.

Aún os quedaban cosas por ver en Montpellier pero la tarde avanzaba y ya no iba a dar mucho más de sí. Había que volver a los vehículos y ponerse en marcha en dirección a casa. Tomamos el Boulevard Henri IV y dejamos a un lado le Jardin Botanique. Tampoco visitamos la espectacular Cathédral de Saint Pierre de estilo gótico con sus dos inusuales torres en la entrada.

Finalmente llegamos a nuestras autocaravanas. Allí estaban tal cual las habíamos dejado, como no podía ser de otra manera. La corta tarde de noviembre -hablando en términos de luz solar- iba decayendo poco a poco. Sin mucho más nos pusimos en marcha directamente hacia casa.

Para Rosa, Daniel y su familia había sido su primera experiencia en autocaravana. Para nosotros también había sido una experiencia pionera al tratarse de nuestro primer viaje acompañados. Todos estábamos encantados de cómo había discurrido la escapada. Y lo mejor, los niños se lo habían pasado genial viajando, aprendiendo, conociendo y jugando juntos.

¡Habían sido cinco días inolvidables por la Provenza francesa!

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RESUMEN ESCAPADA A LA PROVENZA

Día 1.- Baix Llobregat (Catalunya/España) – Narbonne (Aude/Occitanie/France) – Palavas les Flots (Hérault/Occitanie/France).

Día 2.- Palavas les Flots (Hérault/Occitanie/France) – Aiguesmortes (Gard/Occitanie/France)- Arlés (Bouches du Rhone/Provence-Alpes-Côte d’Azur/France) – Avignon (Vaucluse/Provence-Alpes-Côte d’Azur/France).

Día 3.- Avignon (Vaucluse/Provence-Alpes-Côte d’Azur/France) – Piolenc (Vaucluse/Provence-Alpes-Côte d’Azur/France).

Día 4.- Piolenc (Vaucluse/Provence-Alpes-Côte d’Azur/France) – Orange (Vaucluse/Provence-Alpes-Côte d’Azur/France) – Les Baux de Provence (Bouches du Rhone/Provence-Alpes-Côte d’Azur/France) – Palavas les Flots (Hérault/Occitanie/France).

Día 5.- Palavas les Flots (Hérault/Occitanie/France) – Montpellier (Hérault/Occitanie/France) – Baix Llobregat (Catalunya/España).

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Resumen escapada a la Provenza de cinco días.

Escapada por la Provenza. Día 4. Entre romanos y catapultas medievales.

3 DE NOVIEMBRE DE 2018 / ORANGE (VAUCLUSE-PROVENCE) – LES BAUX DE PROVENCE (BOUCHES DU RHÔNE-PROVENCE) – PALAVAS LES FLOTS (HÉRAULT-OCCITANIE).

A pesar de lo apartada y discreta que era aquella área de autocaravanas de Piolenc, la noche no fue plácida del todo. La culpa no era de aquel entorno rural y oscuro donde InkedDSC_0161_3_LIpodíamos disfrutar de unas vistas espectaculares del cielo estrellado sino de un intenso viento, que de forma contínua y a pesar de estar resguardados por arbustos, sacudía con fuerza las autocaravanas. En algún momento, lejos de tener la sensación de ser acunados por una imaginaria mano, fuimos más bien zarandeados con cierta intensidad. Fruto de la furia de Eolo -suponemos- la mañana amaneció con un cielo azul intenso. Pocas nubes podíamos vislumbrar sobre nuestras cabezas. Preparamos unos cafés y desayunamos con la mirada puesta ya en la vecina población de Orange -o en lengua occitana , Aurenja-.

Esta ciudad provenzal es conocida por su origen romano. Los soldados de la Segunda Legión de Arausio se establecieron en ese lugar sobre el año 35 a.C. No obstante, el enclave ya estaba colonizado anteriormente por pobladores celtas. Como se puede imaginar, la villa está repleta de vestigios culturales de la época romana o incluso anteriores. Entre ellos destacan el Teatro Romano y el Arco del Triunfo. Ambos fueron catalogados en el año 1981 como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Entramos a la ciudad por la N7. Esta carretera nos condujo directamente hasta darnos de bruces con el Arc de Triomphe. Justo al lado del monumento localizamos un parking en el cual pudimos estacionar sin problemas. Descendimos de nuestras casas rodantes y nos dirigimos a pie al arco. Al  acercarse se da uno cuenta de que es mucho más espectacular de lo que aparenta en la distancia. Se pueden apreciar los detalles de la escultura tallados con exquisita delicadeza en la roca caliza. Parece mentira que hace tantos siglos pudieran trabajar así estas piedras – comentamos. Los capiteles, las figuras humanas e incluso las animales, tienen un nivel de detalle que no deja a nadie indiferente. Su origen, aun en la actualidad, no está nada claro. La mayoría de historiadores creen que fue construido durante el reinado de Augusto y reconstruido posteriormente por Tiberio para conmemorar las victorias militares sobre los germánicos. No obstante, el debate sigue abierto hoy en día.

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El Arco del Triunfo tiene más de dos milenios de vida.
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Las tallas de la roca caliza le dan un valor suplementario al monumento.

Continuamos caminando por la N7 ya convertida en una vía perfectamente integrada en el núcleo urbano de la ciudad. Atravesamos el Boulevard Edouard Dadalier y accedimos a la Rue Victor Hugo. Nuestra intención no era otra que llegar al Antiguo Teatro Romano de Orange. Durante unos minutos deambulamos despreocupados disfrutando simplemente de sus calles repletas de comercios típicos y animadas plazas donde imperaba el color azul-violeta típico de la planta provenzal por antonomasia, la lavanda.

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Lugares y plazas entrañables en Orange.

Finalmente llegamos al Téâthre Antique d’Orange. Si el que habíamos visto en Arlés nos pareció impresionante, el de Orange aun lo es más. Sus más de cien metros de largo por casi cuarenta de alto no dejan indiferente a nadie. Ni el mismísimo Rey Louis XIV que la calificó en su momento como “la muralla más bella de mi reino” quedó impasible ante su presencia. El teatro, que tenía un papel destacado en la vida de los ciudadanos romanos como medio de entretenimiento, fue clausurado durante la época de máximo esplendor del cristianismo al ser considerado como transmisor de costumbres paganas. Sin embargo, durante los siglos posteriores, resistió los saqueos de los bárbaros y el periodo en que actuó como fortaleza de defensa durante la Edad Media. Actualmente, rehabilitado en el siglo XIX, sirve como plataforma cultural en  les Chorégies d’Orange, el festival de verano de la ciudad.

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El teatro romano de Orange está considerado como uno de los mejor conservados del mundo.

Aunque se puede realizar la visita interior del recinto, nosotros optamos por no entrar. A los más pequeños no les parecía demasiado atractiva la idea.

Realmente, Orange, no tiene mucho más que visitar. Su mayor atractivo reside en estas dos reliquias monumentales de le época romana que son las que le otorgan la categoría de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Por ese motivo regresamos al estacionamiento del Arco del Triunfo donde esperaban nuestras autocaravanas.

En unos minutos nos pusimos en marcha en dirección a nuestro siguiente destino de la escapada, Les Baux-de-Provence. Esta población situada en el corazón del Parque Nacional de les Arpilles puede alardear de formar parte del catálogo de Les plus beaux villages de France -Los pueblos más bellos de Francia-. Se trata de una pequeña población situada en un lugar estratégico. Durante la Edad Media, su altitud permitía controlar cualquier incursión enemiga por tierra o mar. Sus potentes catapultas lo convertían en un lugar privilegiado para la defensa del territorio. Allí nos dirigimos.

Tomamos l’Autoroute du solei, una vía rápida en dirección sur. Mientras circulábamos una montaña que me pareció familiar me llamó la atención ¡El Mont Ventoux! – exclamé. ¿Cómo no identificar aquella cima de blanca roca calcárea con su antena en la parte superior? ¡Cualquier aficionado al ciclismo identifica aquella montaña sin dificultad! Durante unos kilómetros contemplé con anhelo -como cualquier ciclista haría en mi lugar- aquella característica cima calva, uno de los puertos míticos del Tour de France con casi dos mil metros de altitud. La próxima vez volveremos pero con la bicicletas – me prometí a mi mismo.

En unos cuarenta y cinco minutos llegamos a Saint Remy-de-Provence, una pequeña y bonita localidad a las puertas de Les Arpilles. La atravesamos sin detenernos en ella. La carretera empezó a complicarse. Cada vez era más revirada. A lo lejos ya podíamos ver Les Baux-de-Provence. Nos preocupaba donde poder estacionar porque, incluso a esa distancia, podíamos intuir que había muchos coches aparcados en los aledaños de la villa. Finalmente encontramos un buen sitio en una zona azul donde había otras AC aparcadas. Aunque el lugar era bastante inclinado decidimos comer allí mismo antes de empezar el recorrido por aquel bonito pueblo medieval.

El tiempo pasaba y la luz solar de noviembre no iba a dar mucho más de sí. Por ese motivo había que ir poniéndose en marcha para aprovechar al máximo la tarde. Tomamos unas escaleras de piedra que había al lado del aparcamiento y nos dirigimos con paso ligero hacia la población. En pocos minutos atravesamos un arco con una maciza puerta de madera que daba acceso a la ciudad.

Les Baux es uno de eso lugares que enamora desde el primer minuto que lo pisas. Su aspecto de ciudadela medieval le confiere un atractivo que la convierte en uno de los puntos que atraen más turistas de toda la región de la Provenza. Su nombre proviene de la piedra bauxita que fue descubierta en este macizo por el geólogo Pierre Berthier en 1821. Su ubicación sobre las colinas de Les Arpilles le otorgaron un gran valor estratégico en épocas pretéritas. Paseamos por sus calles buscando el punto más alto.

Finalmente llegamos a lo que parecía la entrada a un recinto. Efectivamente, se trataba del acceso a la zona amurallada de la ciudad. Nos informamos del precio y del contenido de la visita. Finalmente, aunque ya era un poco tarde, decidimos pagar las entradas -9,50 euros por adulto y 7 euros por los niños). Realmente fue un acierto. En su interior, además de las fabulosas vistas aéreas de la Camarga y alredores, pudimos disfrutar de las ruinas del castillo así como de las armas de guerra medievales que allí se exhiben. Un buen conjunto de catapultas entre las que destaca una pieza de 16 metros de alto y 7 toneladas que necesitaba 60 hombres para ser utilizada y capaz de lanzar a más de 200 metros de distancia piedras de entre 50 y 100 kilogramos de peso. Mención especial también para un espectacular ariete protegido por un tejado de madera que permitía a los soldados operarlo ante una puerta de forma segura.

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La catapulta de 16 metros sigue operativa hoy en día.
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El ariete cubierto permitía acercarse al objetivo protegidos.

Aquella visita nos encantó. Paseamos por las ruinas de la ciudad medieval y pudimos visitar edificios tan emblemáticos como el Palais de la Tour de Brau, la Chapalle de Saint-Blaise, la Chapelle Castralle y las diversas torres de defensa. Hicimos fotos, muchísimas fotos, innumerables fotos…

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Las ruinas de las antiguas estancias están presentes por todo el recinto.
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Panorámica general de parte del interior de los restos de la ciudad medieval.
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La oscuridad comenzaba a ganar la partida a la luz solar.

El tiempo iba avanzando y no teníamos ni un ápice de ganas de irnos. Para nuestra desgracia la oscuridad de la tarde de noviembre iba ganando la partida por momentos a la luz natural del sol. Era hora de ir bajando a buscar nuestras autocaravanas ¡Una lástima no haber llegado antes a les Baux! – comentamos con Rosa y Daniel. Mientras descendíamos seguíamos disfrutando de sus calles empedradas.

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Incluso en la oscuridad las calles de Les Baux son preciosas.

Finalmente nos pusimos en marcha ya con la oscuridad de la noche sobre nosotros. Había que ir pensando en algún lugar para pernoctar. Teniendo en cuenta la hora que era no quisimos complicarnos la vida y optamos por dirigirnos al área de Palavas-les-flots. Al fin y al cabo estaba relativamente cerca, nos iba de paso hacia la vuelta a casa y era una apuesta segura. Con ese objetivo fuimos en busca de la autopista.

Un descuido, o la falta de atención, hizo que nos pasáramos de largo la salida. Ante el error, para evitar dar la vuelta, optamos por dirigirnos a Balaruc-les-bains donde conocíamos otra área. Al llegar ¡Sorpresa! ¿Cerrada? Para nuestra desgracia estaba toda la zona en obras y era imposible no solo ocupar el área sinó incluso aparcar. Este hecho nos obligó a dar la vuelta en dirección a Palavas-les-flots y hacer unos kilómetros extras. Finalmente llegamos al área y ocupamos dos plazas. Preparamos la cena. Como ya era empezaba a ser costumbre durante el viaje, se nos hizo tarde charlando.

¡El viaje tocaba a su fin pero el recorrido por la Provenza nos había encantado!

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Resumen jornada: Piolenc-Orange-Les Baux de Provence-Palavas les Flots.

 

 

 

Escapada por la Provenza. Día 3. Avignon, la ciudad provenzal de los Papas.

2 DE NOVIEMBRE DE 2018 / AVIGNON (VAUCLUSE-PROVENCE) – ORANGE (VAUCLUSE-PROVENCE).

Nos despertamos tarde. Las caminatas del día anterior visitando Aigüesmortes, Arlés y el paseo nocturno por parte de Avignon nos habían pasado factura. Realmente aún no sé a quien le había costado más abrir los ojos por la mañana, si a los niños o a nosotros. El camping La Bagatelle seguía igual de solitario que la noche anterior. Es lo que tiene viajar en noviembre – comentamos.

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El camping estaba solitario. Tan solo había cerca nuestro tres autocaravanas con matrícula italiana.

Por ese motivo, mientras desayunamos con toda la tranquilidad del mundo, decidimos con Rosa y Daniel tomarnos el día con calma. La idea era dedicar la mayor parte de la jornada a visitar Avignon para luego, a media tarde, desplazarnos hacia nuestro siguiente destino, Orange. Nosotros ya la conocíamos de otro viaje y sabíamos todo lo que da de sí esta fantástica ciudad Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Ya con el sol luciendo sobre lo alto de nuestras cabezas nos pusimos en marcha. El camping se encuentra a escasos metros de la orilla del Rhône. De hecho, está ubicado en la Île de la Barthelasse, una extensa porción de tierra en medio del río que forma una isla de un tamaño bastante notable. El enclave ofrece una vistas privilegiadas de la ciudad de Avignon. Sin moverse de allí podíamos divisar el conocido Pont d’Avignon, las murallas de la ciudad, el Palacio de los Papas y la Catedral de Notre Dame des Doms.

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Las vistas de Avignon desde el camping son espectaculares.
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Avignon, ciudad Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Cruzamos el Ródano por el mismo puente por el que lo habíamos hecho lo noche anterior. En pocos minutos ya estábamos llegando a la muralla de la Cité. La muralla original, que en época de invasiones o de epidemias encerraba a los habitantes en el interior de la ciudad, data de la edad romana. En la actualidad, únicamente quedan los restos de la segunda, que fue acabada en el año 1355 con la llegada de los Papas. Tiene más de cuatro kilómetros de longitud y llegó a albergar 16 puertas y 40 torres defensivas durante el periodo Papal.

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La muralla de la ciudad la protegía contra invasiones.

Atravesamos la entrada por la Puerta de l’Oulle y accedimos a la ciudad por la Place Crillon, una animada plaza rodeada de calles adoquinadas que conducen fácilmente al centro histórico de Avignon. El lugar también tiene su historia. Recibe el nombre en homenaje a Louis Des Balbes de Berton de Crillon, un capitán del ejército que en el siglo XVI murió defendiendo el lugar. Bonaparte también pisó esta plaza en más de una ocasión.

Fuimos avanzando entre las calles de Avignon hasta llegar a una de sus arterias principales, la Rue de la République. La avenida está plagada de grandes tiendas y hoteles pero también se pueden observar vestigios históricos del pasado de la ciudad y alguna que otra curiosidad.

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La Rue de la République es una de las arterias principales de Avignon.

Paramos a hacer un café un rato en una agradable cafetería de esta animada avenida. Daniel aprovechó el momento para trabajar un rato desde su portátil ¡Hay cosas que aunque estés de vacaciones no pueden esperar! Ya con las energías repuestas continuamos andando.

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Parada obligada para hacer un café.

En esta ocasión tomamos en sentido norte para ir en busca del centro histórico de la ciudad. En pocos minutos llegamos al edificio del Ayuntamiento. Está ubicado en una plaza de la misma Rue de la République. El edificio destaca por la alta Tour de l’horloge -Torre del Reloj- que está coronada por el Jacquemart un autómata que golpea la campana dando la señal horaria. En el siglo I, cuando la ciudad era un enclave romano, en este lugar se ubicaba el epicentro de la villa. Allí, según los vestigios localizados, se encotrabra el foro, el templo y los baños termales.

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El Ayuntamiento con la Tour de l’Horloge detrás y su Jacquemart coronándola.

Desde allí nos dirigimos en busca de uno de los emblemas de la ciudad, el Palais des Papes. Cuando se accede al lugar se tiene una doble sensación. La primera, la amplitud de los espacios que marca la Place du Palais. La segunda, lo imponente del edificio papal.

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La Place du Palais alberga edificios singulares de la época.
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La Plaza es un gran espacio abierto.

La historia de este lugar emblemático para la ciudad empieza cuando en 1.309 el Papa Clemente V decide trasladar su residencia desde Roma a Avignon para evitar la vida agitada de la ciudad italiana. A partir de ese momento, Papa tras Papa, dejaron su huella particular en el edificio. El posterior restablecimento de Roma como ciudad papal implicó un inevitable declive de la ciudad y de sus colosales edificios.

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El Palacio de los Papas tiene un aspecto imponente.

La plaza no está monopolizada únicamente por el Palacio de los Papas. Justo allí se encuentra también Le Petit Palais -actualmente un museo dedicado a la pintura y escultura renacentista- y La Cathedrale de Notre Dame des Doms del siglo XII. Esta última destaca por el alto campanario coronado por una gran figura dorada de la Virgen Maria.

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La Cathedal de Notre Dame des Doms d’Avignon forma un conjunto momumental con el Palacio de los Papas.

Se podría decir que ambos edificios conforman un conjunto monumental que actualmente está catalogado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Tampoco quisimos perdernos los Jardins des Doms que se encuentran justo detrás. Desde él se pueden disfrutar de una vistas espectaculares sobre el Valle del Ródano y del cercano castillo de Villeneuve. Es el punto más alto de la ciudad.

Comenzamos a bajar poco a poco. Aún nos quedaba uno de los platos fuertes del día por visitar, le Pont d’Avignon. Atravesamos de nuevo la muralla por la Porte du Rocher para dejar la ciudad con la intención de ir a ver el famoso puente que se encontraba a escasos metros de distancia. En apenas cinco o diez minutos nos plantamos a sus pies.

El puente, construido originariamente el año 1171, ha sufrido muchas modificaciones durante el transcurso del tiempo. Las crecidas del Rhône y las batallas de las Cruzadas Albigenses lo mutilaron duramente obligando a reconstruirlo en diversas ocasiones. Actualmente, solo quedan en pie cuatro de los veintidós arcos que lo conformaban y la pequeña capilla que alberga en su parte superior, teóricamente, los restos de Saint Bénézet. El puente es universalmente conocido por la canción típica francesa que le fue dedicada y que lleva por simple título “Sur le pont d’Avingnon”.

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El Pont d’Avignon con los restos de la antigua capilla en su parte superior.
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El histórico Pont d’Avignon sobre el Rhône.

Una vez visto el puente fuimos deshaciendo poco a poco el camino recorrido durante la ida con la intención de volver a nuestras autocaravanas que estaban en el camping. No nos quedaba otra opción ya que la pequeña embarcación que cruza el río únicamente está en funcionamiento en temporada alta.

Mientras los niños jugaban un rato, nosotros preparamos la comida. Como ya habíamos tomado por constumbre, los más pequeños comían juntos en una de las AC mientras que los adultos nos juntábamos en la otra. Esto nos permitía, por un lado, estar más espaciosos y, por otro, poder conversar y planficar las rutas con más tranquilidad.

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Los más pequeños se lo estaban pasando genial.

Pagamos en la recepción del camping el pequeño suplemento que nos había permitido permanecer en el lugar hasta las seis de la tarde y nos pusimos en marcha hacia nuestro nuevo destino, la vecina ciudad de Orange. Tardamos poco menos de media hora en recorrer la treintena de kilómetros que separan ambas poblaciones.

Sobre las siete de la tarde, ya con noche cerrada, hicimos una parada técnica en un supermercado de Orage para reabastecer nuestras neveras. Aprovechamos aquel momento para abrir la App Park4night y buscar algún lugar para pernoctar. Localizamos uno en una cercana población llamada Piolenc, a unos seis kilómetros. Allí nos dirigimos.

Seguimos las instrucciones del navegador pero no encontrábamos el área de Piolenc. Las coordenadas eran correctas pero lo único que lográbamos ver en aquel cruce de carreteras era lo que parecía una nave industrial. La conversación por las emisoras de las autocaravanas se alargó unos pocos minutos decidiendo qué hacer y hacia dónde dirigirnos.

Entre la oscuridad vimos una señal que indicaba el área pero no interpretábamos por dónde había que acceder. Parecía señalar aquella empresa. De hecho, no había nada más allí. ¿Qué, entramos? – nos preguntamos de un vehículo a otro. ¡Habrá que probar! – decidimos.

Franqueamos el acceso a aquella nave industrial y nuestra sorpresa fue que allí estaba el área. Más que un área se trababa de un terreno de aquella empresa que había sido acondicionado para las AC. Disponía de todos los servicios: estacionamiento, vaciado, llenado, luz… Al fondo, vimos tres o cuatro autocaravanas más allí estacionadas. Nos instalamos en unas plazas que vimos libres. Pasada la media hora oímos el ruido de un motor. Parecía un quad o algún vehículo similar. Alguien picó a la puerta de nuestra Snaky. Era el propietario de los terrenos que venía a presentarse. Con mucha amabilidad nos explicó como funcionaba aquel lugar. Nos cobró diez euros por cada AC que le pagamos de inmediato.

Cenamos y como la noche anterior estuvimos hasta tarde charlando en nuestra Snaky mientras los niños se entretenían en la otra AC. La noche fue tranquila en aquel terreno. El viento sopló con mucha fuerza durante prácticamente toda la noche.

¡Habíamos hecho pocos kilómetros pero el día en Avignon había dado mucho de sí!

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Resumen de la jornada: Avignon – Orange